Carta de amor a la iglesia de Santa Catalina

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Ismael Yebra

Eras el faro que iluminaba mis pasos cada día. Cuatro veces pasaba diariamente por tu lado. Eras camino obligado desde mi casa en la calle Boteros, hasta mi colegio de los escolapios en Ponce de León. Cada día seguía la misma ruta: Boteros, Alhóndiga, San Leandro, Almudena, Carrión Mejías, todo un dédalo de callejuelas quedaba atrás y parecía abrirse al mundo al llegar a Santa Catalina.

Me despertaba el toque de la campana del reloj de los antiguos Juzgados y cada ma√Īana o√≠a la misma cantinela: Ni√Īo, lev√°ntate, que el reloj de Santa Catalina ya ha dado la media. Casi dormido, con babi de rayas, corbata roja destacando sobre una impoluta, al menos a esas tempranas horas, camisa blanca y cartera de cuero en la mano, con los ojos apenas entreabiertos, me cruzaba con los mismos personajes cada ma√Īana. Trigo, el repartidor de pan del Horno Coliseo de la calle Alc√°zares, montado en su triciclo y anunciando el tiempo a los que quisieran escucharlo. V√≠ctor, el de "El Rinconcillo", dando los buenos d√≠as a todo el mundo. Don Jos√© Y√ļfera, el m√©dico de la calle Santiago, con porte de caballero decimon√≥nico, que tomaba caf√© en el Bar Piedra despu√©s de una noche de guardia en la casa de socorro. Don Emilio Amaya, el practicante de voz aguardentosa que apuraba su √ļltima copa en el 6'40. Pasaba el carro de la nieve de la f√°brica de la calle Sor √Āngela de la Cruz; tirado por un caballo percher√≥n, era un enorme caj√≥n forrado de chapa por dentro para conservar mejor las barras de nieve y pintado de amarillo por fuera, con grandes letras rojas en las que se le√≠a: Hielo.

En Santa Catalina confluían todos los caminos, al menos todos mis caminos. Era el punto intermedio entre la bulliciosa plaza de abastos de la Encarnación y la ruidosa Puerta Osario, donde estaba la antigua cochera de los tranvías. Por allí, siguiendo la calle Luna, entraban los autobuses pintados de azul y blanco que tenían el limitado
recorrido que imponía la entonces limitada ciudad. El 10 a Pío XII, el 13 al cementerio, el 15 a la Gran Plaza, el 20 al Polígono de San Pablo.

Por Santa Catalina pasaban los que habitaban los numerosos corrales de vecinos de la calle Sol, de Enladrillada,de Bustos Tavera, de San Román. También los que venían del centro: de San Leandro, de San Isidoro, de la Alfalfa. Los dependientes del comercio que paraban a tomar una copa en los bares antes de llegar a sus tiendas: Los Caminos, La Ciudad de Sevilla, Nueva Ciudad, Vilima, El Candado, Las Siete Puertas, La Ciudad de Londres...

Y all√≠ estabas t√ļ, iglesia m√≠a, amada m√≠a, Alc√°zar m√≠o, como dice el Salmo, iz√°ndote a la vez modesta y majestuosa, con ese aire entre popular y solemne tan pocas
veces conseguido. All√≠ me esperabas cada d√≠a con evocaciones tan distintas seg√ļn el punto desde el que te observaba. Ya de mayor, supe que eras el fiel reflejo de la historia de nuestra ciudad. Y aprend√≠ a mirarte de otro modo. De ni√Īo s√≥lo ten√≠a ojos para ti. He de confesarte miradas furtivas a la estatua de la Encarnita, la diosa Ceres, la de la fertilidad de los campos, que recog√≠a los frutos en su regazo a la vez que dejaba sus pechos al descubierto. No pod√≠a evitar mirarla de reojos cuando pasaba junto a ella, all√° por el Mercado de la Encarnaci√≥n.

Pero t√ļ, Santa Catalina, eras mi amor legal, mi fuente de inspiraci√≥n. Llegando a ti volaba mi imaginaci√≥n a mundos rec√≥nditos y desconocidos. Yo iba del foro romano que estaba por la Alfalfa a los l√≠mites de H√≠spalis, a esa puerta de la muralla romana que Julio C√©sar mand√≥ construir y que parece ser rondaba por tu espacio. Si iba por Alh√≥ndiga, divisaba la portada ojival procedente de Santa Luc√≠a y me suger√≠a una ruta mud√©jar, prolongando ese Cardo M√°ximo, camino de la Macarena. Si ven√≠a por Carri√≥n Mej√≠as, la estructura recia de la torre mocha, me hac√≠a pensar en la Giralda y en la Sevilla Almohade. La puerta lateral, la c√ļpula de media naranja, las dos palmeras... parec√≠a estar ante una casa del portal de Bel√©n. Al salir del colegio, al venir de J√°uregui, la visi√≥n de los tejados a distintos niveles, el exterior de la capilla barroca coronada por la estatua de la Fe, hac√≠an volar mi imaginaci√≥n a la m√≠tica Estambul, a Damasco -¬°yo qu√© s√©!- tal vez a Samarkanda. Si el poeta dijo qu√© cuantos siglos no caben en la hora de un ni√Īo, yo dir√≠a que... ¬°cu√°nta Sevilla no cabe en la iglesia de Santa Catalina!

Por eso te escribo esta declaraci√≥n de amor. El paso del tiempo no ha logrado borrar lo que la infancia y la juventud construyeron d√≠a a d√≠a. Por mi cabeza abunda ya el pelo blanco. Mis manos notan las primeras manchas que delatan el paso de los a√Īos. Alguna arruga surca por los pliegues de mis ojos. A√ļn peor est√°s t√ļ, amada m√≠a. Tu mente est√° cerrada a cal y canto. Tu coraz√≥n no late como siempre. Tu piel se resquebraja a cada instante. Tu esqueleto est√° a punto de romperse.

No puedo verte como antes. No puedo ir a la capilla de la Exaltaci√≥n ni ver a la Virgen de las L√°grimas, como cuando acompa√Īaba a mi hermano vestido de nazareno la tarde del Jueves Santo. Quisiera ¬†volver a ir y postrarme ante la Virgen del Carmen, o rezar alguna plegaria a Santa Luc√≠a. Acercarme a su altar que estaba nada m√°s entrar a la derecha y seguir oyendo las palabras de mi abuelo: Ni√Īo, reza a Santa Luc√≠a para que nos conserve la vista. Tampoco me es posible ir los jueves a San Cayetano, a su altar de la izquierda junto a la puerta de entrada, pedirle que le eche ¬†una mano a mis hijos los d√≠as antes de un examen y rezarle tres padrenuestros precedidos por ese... San Cayetano bendito, padre de la Providencia, de este pobre ser humano, oye el ruego con clemencia.

Ya todo es parte del pasado. Mi colegio de los escolapios fue presa de la inquina y la avaricia. En la Encarnaci√≥n han crecido unos monstruos de hormig√≥n que no consiguen apagar el eco de los pregones del mercado. La estrecha calle Imagen es una impersonal avenida de sosos edificios que atosigan a la esbelta torre de San Pedro y cuyo tr√°fico impide o√≠r la esquila de Santa In√©s llamando a las monjitas a v√≠speras. La posada del Lucero, nada tiene que ver con lo que era. Aqu√©l port√≥n que daba acceso a un patio de columnas, solado con viejos adoquines, transido del aire popular de los antiguos paradores y posadas de Sevilla, ahora m√°s parece una cl√≠nica dental o una sucursal del Policl√≠nico. La estatua de la Encarnita, dormita en una casa de la calle Abades, como los viejos que vegetan en un asilo, por mucho que lo quieran suavizar con el nombre de geri√°trico. S√≥lo t√ļ, iglesia de Santa Catalina, amada m√≠a, persistes en tu intento de seguir siendo el faro que nos gu√≠e, de seguir siendo el lugar donde cobren luz nuestras plegarias.

Por fin, parece ser, que a mis oídos llegan noticias agradables. Sé, Dios lo quiera, del interés por ti de los que tienen que curarte. Tres cirujanos necesitas y dos ya han ofrecido sus manos y están dispuestos a sanarte. El tercero está a punto de sumarse y espero que sea cosa de días, en todo caso poco tiempo. Tu salud requiere de un equipo, no de un gesto; y, sobre todo, de conciencia, de voluntad, de mucho amor.

Somos muchos los que esperamos tu pronto restablecimiento. No somos políticos, ni estamos sometidos a intereses partidistas ni foráneos. Simplemente somos sevillanos que valoramos nuestro patrimonio y queremos mantenerlo, disfrutarlo y legarlo a las generaciones futuras. Por eso no queremos utilizar términos impropios de un amor tan declarado. El amor no exige, ni reivindica. Tampoco tiene por bandera la violencia ni es fruto de la insidia y la insolencia. No fuerza la verdad ni la disfraza.

A la llamada de Antonio Abela, alma de la Taberna Intramuros, ese lugar en el que, a la vez que se charla, se bebe y se toma una tapa,¬† se adquiere conciencia del paso del a√Īo lit√ļrgico, y de la entra√Īable Taberna Quitapesares, templo en el que siempre seguir√° presente la imagen de Pepe Perejil, acudimos hoy, 22 de diciembre de 2012, a cantar por Villancicos y trabajar por los hermanos m√°s desfavorecidos. Este a√Īo, ser√° el primero en el que no veremos a Pepe con su carrito pidiendo ayuda para el
comedor de San Juan de Dios, ofreciendo vino del Condado y protestando de aquellos villancicos que, seg√ļn dec√≠a con gracia, aludiendo tanto a la pasi√≥n del Se√Īor, "quer√≠an matar al Ni√Īo antes de haber nacido".

Mi caso no es un caso aislado. No soy yo solo. Somos muchos los que declaramos nuestro amor a la iglesia de Santa Catalina. Somos conscientes del momento dif√≠cil en el que vivimos y de las muchas necesidades que existen y aparecen cada d√≠a. Pero pensamos que ya son demasiados a√Īos de espera y de indolencia. Y como el amor no exige, sino da; no reivindica, sino espera; no acosa, sino facilita, con el debido respeto ‚Äďcomo dec√≠an las antiguas instancias dirigidas a las autoridades competentes- los
abajo firmantes, damos nuestro apoyo a  todas las iniciativas que vayan dirigidas a la restauración integral del templo de Santa Catalina y esperamos que las
instituciones, organismos y personas de los que depende esa decisión, lleguen a un acuerdo lo antes posible.

En el barrio de Santa Catalina, intramuros de la ciudad de Sevilla, a 22 de diciembre de 2012.

ISMAEL YEBRA

Última actualización el Martes, 05 de Febrero de 2013 13:31

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